“Guerra y Paz” se considera un clásico de la literatura mundial con justa
razón: es un gran libro en cualquier sentido que la palabra “gran” pueda tener.
Pero nótese que decidí llamarlo “clásico de la literatura mundial” y no de la
“literatura rusa”. ¿La razón? Menos popular que el libro (que como todos los
clásicos es mucho más mencionado que leído) es el hecho de que no está escrito en
ruso, estrictamente hablando, sino que tiene fracciones significativas del texto
redactadas en francés.
El
francés, como es bien sabido, fue la lengua franca de las elites no
clericales europeas por siglos, especialmente después del renacimiento y, en
Rusia particularmente, no era difícil encontrar que, en el siglo XIX, más de
alguna familia de la aristocracia rusa hablaba el francés en casa habitualmente
sin dominar, por otro lado, el ruso. La familia real hablaba alemán con fluidez, por
razones de relación dinástica y los músicos rusos podían pochear un poco en italiano que ya
entonces era la fuente de la jerga musicológica, pero ninguna de estas lenguas
rivalizaba en uso o importancia con el francés. El idioma era cuestión de
status y el alma del esnobismo ruso estaba en el desprecio de la lengua
vernácula y su cultura, originada en Kiev la bárbara, mientras que la cultura
occidental transmitida en francés (y muy especialmente en francés en una región
donde el latín perdió su influencia por el cisma) tenía el puesto de mayor
prestigio.
El Conde León Tolstoi, como puede inducir la mente sagaz del
inteligente lector (especialmente por aquello de “Conde”) pertenecía a una
familia noble y, dominaba el francés a la perfección (fue él quien tradujo su
propia novela a un texto íntegramente francés) pero siendo un latitudinario,
tenía la rara facultad entre los rusos de tomar la lengua y la cultura local en
serio. Es decir: también dominaba el ruso, y esto no es nada que pudiera darse
por sentado entre sus contemporáneos.
Por otro lado, Tolstoi estaba interesado en encontrar las
raíces de su presente ruso en el pasado inmediato. Pensaba que el status quo de
Rusia estaba anclado en la experiencia de la invasión napoleónica, que fue una
guerra especialmente agria para una nación francófila y se interesó por explorar
literariamente los estigmas de tal experiencia entre las capas altas de la
sociedad rusa. De esta forma, encontramos que las conversaciones entre nobles
tienen lugar en francés, para darle realismo al diálogo mientras que los demás
pasajes y diálogos están escritos en ruso –razón por la cual, en este libro,
encontramos al mismísimo Petit Cabrón, Napoleón Bonaparte, uno de los cientos de
personajes de esta novela, hablando nada más y nada menos que ruso.
Recuperar el sabor de la naturaleza bilingüe del texto es
poco menos que imposible en una traducción puesto que la mayoría de las
versiones en otros idiomas presentan una única capa lingüística excepto por
citas ocasionales de expresiones francesas bien conocidas en todo el mundo
(véanse las versiones del texto en
inglés, francés
o alemán, por ejemplo.). Una posible excepción a esta regla es la traducción
italiana que respeta mucho del francés original y confiere al italiano un papel
semejante al que el ruso desempeña en el original.
Pero todavía peor es la situación prevalente de las
traducciones al español. No hay, hasta la fecha (al menos en el dominio público)
una traducción completa. En todas faltan pedazos de texto, especialmente de los
últimos libros. Tal vez, aunque no he tenido la ocasión de revisarlo con
detalle, la edición de Sepan Cuántos… sea una excepción, aunque en el caso de
estar en el dominio público (cosa improbable), no está disponible en versión digital.
En todo caso, el amable lector está leyendo este breve e intrascendente ensayo por medio del Internet de forma que sabe sin duda alguna que, en este medio, el proceso de resignación a encontrar el mejor material escrito en inglés o chino es tan común como picar hiperenlaces: el inglés es al usuario de Internet contemporáneo lo que el francés fue al noble ruso del s. XIX.